
Bioalquimia: Una introducción personal
Adrián Villasenor Galarza
Bioalquimia constituye una exploración que se adentra en las profundidades del ser para rescatar perlas invaluables de sabiduría relacional. Es un profundo ejercicio de autoexploración; una sintonización con las fuerzas naturales que nos rodean, en la que las voces profundas que emanan de los paisajes interiores del alma humana y de la naturaleza se entremezclan de maneras que hablan íntimamente de integración y plenitud.
Como tal, la bioalquimia es placer y dolor, una gozosa dificultad en la que es necesario soltar el férreo control de lo lógico y racional para abrirnos a los movimientos del alma, a la vez personales y cósmicos. A continuación, ofreceré una breve introducción a la bioalquimia, centrándome en sus orígenes y en dos nociones fundamentales que ayudan a darle forma.
Bioalquimia es la unión de bios, “vida”, y alquimia, o el “arte negro de la transformación”. La alquimia ha sido definida de muchas maneras y practicada y estudiada desde una diversidad de perspectivas.
Una de mis definiciones favoritas del arte negro fue ofrecida por el fallecido Terence McKenna: “la alquimia es la tradición secreta de la redención del espíritu de la materia”.¹ Así, la bioalquimia se refiere a una aproximación orgánica y ecológica a la dimensión interior del mundo, aludiendo a la posibilidad real de una transmutación sostenible de las personas y el planeta. Para intentar dar voz a la aproximación particular y a los dones de la bioalquimia, resulta útil regresar brevemente a sus orígenes.

Comienzos
Hace algunos años, un amigo y yo iniciamos un pequeño proyecto de permacultura en Guadalajara, México, centrado en la elaboración y comercialización de composta. Palear, cargar, mezclar, recolectar estiércol y estar en contacto constante con materiales fermentados eran parte del día a día. Al tratarse de un proyecto comunitario y práctico, el proceso requería de nosotros gran diligencia y una atención meticulosa a una multiplicidad de factores, entre ellos la temperatura, el agua, el tamaño de las partículas, la aireación y la calidad e integración armónica de los componentes.
Logramos producir composta de bastante buena calidad y, junto con nuestras actividades de educación ambiental, “Centinelashi” —como llamamos a nuestra composta— llegó a ser relativamente conocida a nivel local. Al intentar nombrar la danza que tenía lugar entre la pila de composta y nuestros cuerpos-mentes, emergieron dos de mis grandes amores: la ecología, en la que me había formado académicamente, y la alquimia, una misteriosa tradición espiritual presente en distintas partes del mundo y con la que había sentido una fuerte conexión desde una edad temprana. La bioalquimia nació de las transmutaciones fermentativas de la descomposición de la materia orgánica y de la sabiduría relacional que surge al participar conscientemente en los ciclos de la naturaleza.
Con cada luna que mengua y crece, las posibilidades de la abundancia de la bioalquimia se hacen evidentes a medida que brotan sus semillas. Cuanto más aprendo a dejarme guiar por este conocimiento profundo y fértil, más cobran vida los retoños en el suelo del alma. Cuanta más atención presto al crecimiento de las plántulas, mayor claridad obtengo acerca de sus deseos y necesidades. Se crea así un ciclo fértil y restaurador. Al seguir y cuidar este ciclo, he llegado a comprender que la fuerza de la bioalquimia reside en su relacionalidad implícita (del latín relationem, “traer de vuelta”, “restaurar”), expresada en la conexión entre los movimientos del alma y los de la naturaleza.
Con su fuerte énfasis en la relación, la bioalquimia puede entenderse como un proceso de restaurar o traer a la conciencia el pacto entre los seres humanos y la naturaleza. Reconocer que los anhelos más profundos del alma humana están íntimamente relacionados con las actividades de los seres no humanos y los ciclos ecológicos presupone la restauración del valor inherente de la naturaleza. Es decir, la bioalquimia sirve como una lente que nos permite ver y celebrar las dimensiones ecológicas, psicológicas y espirituales de la naturaleza y la manera en que estas existen en íntima relación con el ámbito humano.
Para comprender mejor lo que la bioalquimia puede ofrecer, revisemos la primera de dos nociones fundamentales: el ámbito de la relación conocido como metaxy.

Reino relacional
Metaxy es una preposición griega que literalmente significa “entre”. Sin embargo, en El banquete de Platón, la sacerdotisa Diotima, al ser interrogada por Sócrates acerca de la naturaleza de Eros (dios del amor), se refirió a él como estando “a medio camino entre [metaxy] lo mortal y lo inmortal”, añadiendo que “todo aquello que posee la naturaleza de un espíritu es mitad dios y mitad hombre”.² Metaxy se transforma y eleva así en un símbolo: un estado quimérico del ser que impregna el mundo. Para Diotima, entonces, toda la experiencia humana estaba impregnada del aroma de la relación, pues el ámbito intermedio del metaxy era responsable de entrelazar la realidad en una comunidad dinámica. Al mismo tiempo, este ámbito relacional representaba el enigma de la condición humana y sus posibilidades latentes.
El metaxy era concebido como el vínculo que mantenía unidos los mundos de lo humano y lo divino. El ámbito intermedio de la relación permite la comunicación entre el mundo natural, lo sagrado y la esencia de la humanidad, sirviendo como puente entre espíritu y materia. El metaxy, como morada de Eros, mantiene a la naturaleza en tensión dinámica y comunión, impulsando al mundo a manifestarse en una relacionalidad infinita: un estado de convivencia continua entre lo sutil y lo material, lo interior y lo exterior.

Multidimensionalidad
La segunda noción bioalquímica fundamental, implícita en el metaxy, es la multidimensionalidad. La difundida noción de que el mundo es una entidad unidimensional compuesta únicamente de materia es un desarrollo reciente que reduce el misterio de quiénes somos y dónde vivimos a una expresión plana, susceptible de control y dominación. Sin embargo, tradiciones de todo el mundo han concebido tanto a la naturaleza como a los seres humanos como multidimensionales. Las tres dimensiones de materia, psique y espíritu son comúnmente consideradas como constitutivas de la estructura del mundo, que a su vez se manifiesta en forma humana. La subjetividad de la naturaleza, constituida por las dimensiones de la psique y el espíritu, y su relación con lo humano son reconocimientos bioalquímicos fundamentales.
Las múltiples dimensiones de la realidad se traducen en un número equivalente de estados de conciencia que nos permiten percibirlas y entrar en relación con ellas. El primer libro de Ken Wilber abrió camino hacia una mejor comprensión de cómo los estados de conciencia determinan qué percibimos, cómo lo percibimos y cómo vivimos en el mundo, así como de la manera en que la diversidad de estos estados se asemeja a un espectro.³
Desde una perspectiva bioalquímica, el espectro de la conciencia es semejante a un espectro de relacionalidad: la manera en que nos relacionamos determina nuestra manera de ser y dónde reposa nuestra conciencia. Una visión más abarcadora de lo humano revela la posibilidad de entrar en formas más refinadas y simbióticas de relación con la naturaleza. La libertad y fluidez que ofrece un espectro multidimensional de relación puede ayudarnos a trascender los modos parasitarios, competitivos y depredadores de relación que subyacen al funcionamiento de las sociedades industriales.

Autodescubrimiento en la naturaleza
El objetivo de la bioalquimia es promover un viaje de autodescubrimiento centrado en las múltiples formas en que nos relacionamos con la naturaleza. La contemplación, la guía, la entrega y el discernimiento de los ciclos y patrones de la naturaleza nos ayudan a sintonizarnos con los ritmos del alma, pues nuestras profundidades más íntimas y nuestros sueños más salvajes comparten el mismo suelo que la secuoya y el girasol.
La aventura en la que psique y naturaleza, interior y exterior, se entremezclan y revelan su intimidad se considera necesaria no solo para nuestro despliegue personal y colectivo, sino también para el bienestar de todos los seres. Las capacidades metáxicas de la humanidad han de ser liberadas de la prisión que les impide entrar en contacto significativo con la madre de todos los sabios: la naturaleza.
La bioalquimia apunta hacia la posibilidad de una transfiguración personal guiada por la naturaleza. Pude saborear la cualidad y la importancia de la profunda transformación que ofrece la guía de la naturaleza al profundizar en la relación entre los olores, las texturas y los diversos materiales externos que utilizábamos en la elaboración de composta y mi propio cuerpo y mente.
En más de una ocasión, mientras observaba cómo se transformaba la pila de composta, pensé: “Esto es pura magia”. No tardé mucho en llegar a la conclusión de que la pila de composta era, en efecto, una entidad viva, con sus propias necesidades y procesos de desarrollo que guardaban semejanza con aquellos que tenían lugar en mi interior. Hay una alegría particular que surge cuando entramos en una relación más plena y consciente con el resto de la naturaleza.
Adaptado de: Adrián Villaseñor-Galarza, Bioalchemy: On the Transformative Belonging of Nature, Humans, and Soul (CreateSpace, 2015).
- Terence McKenna, “Unfolding the Stone: Making and Unmaking History and Language”.
- Walter Hamilton, The Symposium by Plato (Baltimore, MD: Penguin Books, 1965), 81.
- Ken Wilber, The Spectrum of Consciousness (Wheaton, IL: Theosophical Publishing House, 1977).