
Energía ecopsíquica y salud planetaria
Adrián Villaseñor Galarza
En muchos sentidos, el dolor que sentimos por una Tierra enferma pone a prueba nuestros límites humanos. La culpa, en gran medida inconsciente, que cargamos al saber que nosotros, en el mundo industrializado, nos hemos convertido en un arma de destrucción masiva no tiene precedentes en la historia de la humanidad ni en la de la Tierra. No resulta sorprendente, entonces, que el ciudadano promedio de las sociedades industrializadas se sumerja en una búsqueda constante de distracciones de todo tipo para evitar mirar hacia el abismo interior de ansiedad y dolor. La gratificación instantánea que produce la adquisición del nuevo iPhone o del automóvil más reciente agrava la situación, al poner en marcha una serie de ciclos adictivos de consumo que alejan aún más nuestra atención de lo que está sucediendo con la Tierra.
Una estrategia clave de distracción del sistema industrial consiste en reforzar la ilusión de una separación entre los seres humanos y el resto de la naturaleza. Esta aparente escisión se amplía debido a una cascada de reacciones inconscientes por parte de los ciudadanos que impiden establecer una relación armoniosa entre nuestras creencias y hábitos, por un lado, y nuestras acciones y potencial de cambio, por el otro. La tendencia hacia la gratificación instantánea característica de las sociedades industriales y la constante represión de sentimientos, pensamientos y emociones acerca de lo que estamos haciendo a nuestro hogar común se potencian mutuamente, convirtiéndose en una de las fuerzas más poderosas que subyacen al comportamiento humano destructivo.
Incluso las personas con una marcada sensibilidad ecológica pueden mostrarse poco dispuestas a confrontar las dinámicas psicológicas reprimidas asociadas con el gran desmoronamiento de los sistemas de la Tierra. Despertar de esta situación implica dirigir nuestra atención hacia el estado del mundo, al tiempo que cuestionamos la viabilidad de las estructuras que sostienen nuestra vida cotidiana y nos abrimos a la posibilidad de su colapso. Para una persona inmersa en la “matriz” del sistema industrial, una transformación de las estructuras sociales equivale a una crisis de identidad.
A la luz de los comportamientos alienantes promovidos por el sistema industrial y de las respuestas psicoemocionales que refuerzan nuestra confusión antropocéntrica, ¿dónde podemos encontrar la energía para liberarnos y conectarnos con fuentes alternativas y genuinas de riqueza y bienestar planetarios?

De combustibles alternativos a la energia psíquica
La magnitud de la crisis ecológica requiere la implementación de distintas ecotecnologías que ayuden a abrir camino hacia un futuro más saludable, viable y pleno. Desde medios alternativos de transporte, producción de alimentos, biocombustibles y gestión de residuos, hasta la comunicación no violenta, la participación en grupos de apoyo y las estrategias activistas, necesitamos un amplio espectro de posibilidades. En la cocreación de un futuro viable, existe un recurso que precede a todos los demás y que con frecuencia damos por sentado o pasamos completamente por alto: la mente humana.
Un agente fundamental que energiza los paisajes de la mente ha sido reconocido al menos desde los inicios de la psicología profunda, durante las primeras décadas del siglo XX. Freud consideraba que la libido, de naturaleza instintiva y biológica, era la fuerza primordial que impulsaba los deseos y necesidades humanas, particularmente la sexualidad. La teoría freudiana de la sexualidad se basaba en la idea de la libido como fuerza rectora de la psique, gobernando la fijación en el placer, el instinto fundamental de la especie humana. Gracias al trabajo de Carl Jung, quien en aquel entonces era el discípulo predilecto de Freud, la libido fue liberada de una comprensión estrictamente sexual e instintiva.
Para Jung, la libido constituía la energía psíquica necesaria para proporcionar significado y dinamismo a los contenidos de la mente. Esta energía mental servía de combustible para las diversas actividades humanas: fisiológicas e intelectuales, creativas y transformadoras. Los contenidos de la mente se constelan alrededor de centros arquetípicos que son nutridos y activados por la influencia de la energía psíquica. A su vez, estos arquetipos, las fuerzas organizadoras primordiales de la psique, ejercen una influencia directa sobre el comportamiento humano a través de experiencias repetidas, códigos culturales e interacciones interpersonales, incluyendo su propio magnetismo espiritual. Por ejemplo, la prevalencia de un determinado hábito psicológico indica la activación de un núcleo arquetípico debido al aumento de la energía psíquica asociada con él.
Para el paleontólogo jesuita Pierre Teilhard de Chardin, la energía psíquica no era un fenómeno exclusivo de la especie humana, sino una fuerza universal. Desde una perspectiva tan inclusiva, la organización de los diversos elementos que componen la Tierra, el universo y todos los seres vivos es el resultado de distintos grados de condensación de la energía psíquica que subyace a la creación. La concentración de energía psíquica posibilita el viaje de la materia hacia una complejidad cada vez mayor, a medida que miríadas de seres vivos interiorizan más profundamente esta energía omnipresente. El universo se explora a sí mismo en una creatividad siempre presente, a medida que la energía psíquica se profundiza y complejiza.
La energía psíquica desempeña un papel crucial a lo largo de la creación: desde el impulso sexual humano, el desarrollo armonioso del individuo y la manifestación de comportamientos sociales saludables y plenos, hasta el viaje creativo y evolutivo de la Tierra y su contexto cósmico. En el caso del ser humano industrial, la energía psíquica que de otro modo serviría como una fiel aliada evolutiva queda atrapada en ciclos adictivos con un costo ecológico vergonzosamente alto. Este circuito nocivo de retroalimentación erosiona crónicamente nuestros potenciales psicológicos y creativos.

Energía ecopsíquica
Existe una gran necesidad de generar estrategias lo suficientemente atractivas como para movilizar la energía psíquica atrapada en la ilusión antropocéntrica del progreso material ilimitado. Aquí se encuentra el núcleo de la búsqueda de una manera adecuada de afrontar la dimensión reprimida de nuestras respuestas psicoemocionales ante lo que está sucediendo con la Tierra y el gran desmoronamiento del mundo que nos rodea. El “geólogo de la Tierra” (geologian) Thomas Berry lo expresa así: “La principal dificultad para reemplazar el orden industrial no reside en la naturaleza física de la situación, sino en su encantamiento mítico”.¹
En otras palabras, mediante esfuerzos conscientes y comunitarios, la energía psíquica reprimida que alimenta constantemente al sistema industrial necesita transformarse en una energía ecopsíquica consciente en alianza con la Tierra.²
La liberación de la energía psíquica de su prisión industrial para afrontar creativamente la crisis ecológica implica un proceso semejante a recuperar un fragmento perdido del alma. Existe una pérdida del alma a nivel colectivo que se traduce en una disociación generalizada debido al ecotrauma resultante del sentido impuesto de desconexión entre los seres humanos y la Tierra. El funcionamiento biofóbico del sistema industrial obstaculiza la recuperación de los fragmentos perdidos del alma e impide activamente el libre flujo de la energía ecopsíquica, tanto a nivel personal como colectivo. La recuperación de esta energía ecopsíquica restablece la mente humana como un sistema abierto, sintonizado con los diversos circuitos de retroalimentación de su entorno y libre de los restrictivos códigos industriales. A través de este proceso, la tendencia biofílica de la mente humana abre el camino hacia la cocreación de un futuro más luminoso.
De la misma manera que el encantamiento psíquico de las sociedades industriales se sostiene mediante ciertos símbolos e historias fundamentales, la liberación de la energía ecopsíquica debe arraigarse en mitos y narrativas de profundo significado psicológico. En una entrevista con Bill Moyers, el reconocido mitólogo Joseph Campbell propuso que la mitología del futuro, entendida como la constelación de historias que dan sentido a la energía psíquica personal y colectiva, concebirá al planeta entero como su realidad central.³
Nuestro hogar común, la Tierra, es el símbolo central y la fuente primordial que sirve de guía para despertar el impulso simbiótico que entreteje a la humanidad con la trama de la vida planetaria. El mito del progreso ilimitado, que culmina en la imagen de un paraíso eterno e inmutable más allá de los confines de nuestro hogar planetario, debe ser reemplazado por una historia celebratoria, sagrada y respetuosa tanto de la creación inmanente como del misterio trascendente.
La energía ecopsíquica se libera y activa mediante símbolos arquetípicos que promueven un sentido de reciprocidad reverencial con la Tierra. Entre los muchos y poderosos símbolos de unidad y pertenencia al mundo encontramos la “Gran Madre”, la “trama de la vida”, la “rueda medicinal”, el “Árbol de la Vida” y muchos otros.
Un paso esencial en la reorganización de la energía ecopsíquica consiste en reconocer que la fuente misma del dinamismo de la mente humana está arraigada en nuestro hogar, la Tierra. Es decir, el néctar psíquico que anima los paisajes de la mente humana deriva de la subjetividad del planeta y del cosmos entero. Nuestros sueños, deseos, impulsos y anhelos más profundos son expresiones humanas del potencial creativo del mundo. Este reconocimiento, a la vez humilde y empoderador, abre el camino desde la intolerancia psicológica hacia una suerte de transparencia ecopsíquica: una conciencia inclusiva nutrida por mitologías que afirman la vida.

Sintonizando con la energía de la vida
El tránsito hacia sociedades que aman la vida depende en gran medida de la salud emocional y psicológica de sus habitantes, vinculada a la disponibilidad de energía ecopsíquica. Muchas prácticas que ayudan a restaurar un sentido de ecuanimidad interior y pertenencia en medio del bombardeo alienante del sistema industrial contribuyen a liberar la energía ecopsíquica: la meditación, las técnicas de respiración y manejo emocional, la jardinería y permacultura a escala doméstica, y ciertas disciplinas somáticas son solo algunas de las opciones disponibles. Aunque estas prácticas puedan parecer desvinculadas de lo que sucede a nuestro alrededor, ejercen una influencia directa sobre nuestra constitución psicoemocional, informando activamente la manera en que nos relacionamos con nosotros mismos y con el mundo.
El libre flujo de la energía ecopsíquica sirve como catalizador para sanar y transformar las raíces de la destrucción ambiental y la desigualdad social que se encuentran en las profundidades de la mente humana. Tal hazaña alquímica ayuda a recuperar fragmentos psíquicos previamente disociados al trascender los códigos industriales que gobiernan una mente domesticada y sintonizarnos con la vitalidad sanadora del mundo más-que-humano.
La energía generativa de la vida misma, la energía ecopsíquica que fluye a través de todos nosotros como un poderoso río que desciende por la montaña, es una aliada esencial en la transición de un modo de ser depredador hacia uno celebratorio.
Adaptado de: “Evoking the Great Turning from the Inside Out”, en Deep Times: A Journal for the Work That Reconnects, 2017.
- Thomas Berry, The Dream of the Earth (San Francisco, CA: Sierra Club Books, 1990), 32.
- “Energía ecopsíquica” es un neologismo acuñado por el autor e inspirado en conceptos y prácticas de las tradiciones espirituales del mundo. En esencia, toda energía psíquica es energía ecopsíquica.
- Joseph Campbell & Bill Moyers, The Power of Myth (New York: Anchor Books, 1991).